sábado, 9 de mayo de 2015

Las infancias y la pedagogía a la luz de los derechos


Claudia Ximena Herrera Beltrán[1]

La infancia no siempre ha existido, si los niños. Su aparición en occidente a partir del siglo XVI ha estada vinculada para el caso de la clase ruda a la escuela y a la pedagogía, respondiendo a un interés del orden del gobierno de controlar y cristianizar a los niños. En Colombia, en el siglo XVIII, dicha aparición se expresa con urgencia de la mano de la pobreza y la salvación de las almas, constituyéndose en las rejillas por donde la infancia emerge al decir de Martínez Boom(2005).
El proceso escolarizador en Europa primero y después en América entendida como un fenómeno de apropiación[1] tiene como propósitos fundamentales al momento de constituirse, el control y producción de las subjetividades deseadas. De este modo urge entender en sus comienzos el lugar de la pedagogía como productora de sujetos, en tanto se experimenta en los cuerpos infantiles prácticas reguladoras, modeladoras y productoras de unas formas de ser y estar de la niñez como pilares de las nuevas sociedades, cuyos fines fueron el progreso y la civilización. Este último resulta ser la concreción de la producción de la subjetividad humana, pues se va a la escuela a civilizarse, es decir a comportarse, a obedecer y a ser útil.
El proceso escolarizador que aparece en el siglo XVI en occidente va a constituirse en el único modo de educarse, la cultura letrada impartida allí (entiéndase que hablamos de la enseñanza de las primeras letras, leer escribir, contar, obedecer y ser buen católico), se constituirá en la forma privilegiada de reconocerse como educado. Tal situación actuará en detrimento de modos de educación(Varela & Álvarez-Uría, 1997) experienciales, orales, en que las generaciones mayores o los adelantados en oficios, ofrecían a los jóvenes que en un futuro los reemplazarían.
Así la escuela va a representar el sumun de la educación y la instrucción de la infancia en general. Los saberes al interior de la escuela, emergerán a finales del siglo XIX y comienzos del XX, pues la escuela pública hasta el momento no ha sido el lugar para aprender especialmente conocimientos, más bien la institución para aprender unos tiempos y unos espacios sociales y los modos de relacionarse, siempre en consonancia con el lugar jerárquico que se ocupa en el orden social y económico.  
La escuela toma de la estructura de funcionamiento del convento y de los hospicios diversos elementos para su configuración como espacio-tiempo, lugar y representación de la cultura; los saberes escolares, como el oficio del maestro se transformaran en estrecha relación con unas condiciones de posibilidad. Son los primeros siglos lugar y tiempo para unos saberes exiguos en los que primó la propagación del libro la difusión de los buenos modales y comportamientos, algunos valores cívicos(Finocchio, 2010) y las primeras letras (Martínez Boom, 2005) como estrategias para imponer el orden de la razón.  Después el advenimiento de lo moderno en una conjunción entre lo moraly lo científico, se expresará en la escuela desde un particular humanismo científico en la primera mitad del siglo XX (Finocchio, 2010). Esos saberes científicos como la medicina, la biología, la psicología, la higiene resultaron fundamentales para alcanzar el progreso y el orden, fundantes de la modernidad deseada. Al interior de la escuela y respondiendo a ese espíritu humanista y científico fueron produciéndose al tiempo que la escolarización se organizaba, se estratificaba y la infancia experimentaba una complejo proceso clasificatorio incluyente y excluyente a la vez. En la escuela, saber, conocer, aprender, respondieron a fuerzas políticas, sociales y económicas en pugna con el orden del proceso escolarizador. Asi la escuela como acontecimiento[2] producida a partir de fuerzas como la infancia, los maestros, los ramos de instrucción la institucionalización y la pérdida de valor de la trasmisión oral, constituirán una escuela singular en estrecha relación con la infancia y la pedagogía.  
La urgencia de encerrar a los niños pobres, convertidos en lacra social o en posibilidad de hacerlo, enciende las alarmas de una naciente modernidad, lo muestran Aries(1987) con la descripción de la infancia pobre, particularmente ausente del arte y de los discursos en torno al ciudadano, y Varela y Álvarez-Uría(1997) desde la categoría de infancia ruda para Europa. En Colombia, los discursos en torno a la mendicidad, la criminalidad de esta masa de niños sin control constituyen una fuerza primordial en la visibilización de la infancia que vagabundea en las calles, afeándolas y poniendo en peligro a los habitantes de bien. Se tratará de controlar y prevenir(Rodríguez Ávila, 2003). La consigna será: Recogerlos, para controlarlos, salvarlos y hacerlos útiles mediante algunas enseñanzas básicas que son las de obedecer y servir.
A la infancia que llega a la escuela, se le asigna un rol nuevo, el de alumno(Narodowski, 1994). Se entiende desde sus inicios que el niño necesitado, carente, débil, incapaz, vacío, amoral, debe ser guiado por un maestro que sabe a dónde encaminarlo, en tal sentido la relación de obediencia se torna natural, el maestro sabe, el alumno no, el maestro ordena, el alumno obedece, relación heterónoma que constituye el modo en que las diferencias entre alumnos-infantes y maestros-directivos se instala y produce subjetividades. En el marco de ese nuevo rol, obedecer, respetar, atender las órdenes y cumplir con los deberes constituirán las consignas desde las cuales se leerá el buen comportamiento infantil en la escuela. Como a Pinocho(Bustamante, 2004), solo el reconocimiento del valor de la escuela, es el que le permite hacerse humano; el bien circula por la escuela. Así que asistir y portarse bien le convertirán en un niño bueno, en un niño civilizado, en suma, en un niño educado.
Podemos reconocer diversas y repetitivas estrategias que de tiempo en tiempo las diferentes sociedades han implementado para que las poblaciones, la infancia y, los mayores, aceptaran la escuela como necesaria e imprescindible. Son variadas las historias acerca de esta lucha que siglo a siglo funcionaron: multas y ayudas representadas en asignación de uniformes y alimentos, cambios de horarios de la escolarización, así como redadas, encarcelamientos, castigos, etc. Tiempo después en que la escuela comienza a naturalizarse, aparecen sus crisis. Álvarez Gallego(1995) nos muestra que esas crisis no han cesado; desde fuerzas distintas se le juzga, se le critica, se le examina, se le evidencia, se le denuncia incapaz de formar a la infancia que se desea y necesita. Fuerzas de orden social, político, económico, cultural y tecnológico como intelectual, científico y pedagógico contribuirán a ponerla en tela de juicio al lado de otras instituciones sociales responsables de la formación de los ciudadanos.
Este último orden, el pedagógico, resultará importante para nuestro ejercicio reflexivo a la hora de considerar las transformaciones que el estatuto infantil ha experimentado. Si bien el estatuto de un modo más clásico disciplinar(Foucault, 1996) considera al infante -débil, necesitado, carente, inmoral, vacío-;finalizando el siglo XIX dicho estatuto emergerá en un modo de corte moderno biopolítico(Foucault, 2000) en donde las ciencias de la educación, en especial la psicología, como el Movimiento de la Nueva Educación o Escuela Nueva, impondrán su sello visibilizándolo como -potente, hábil, con intereses, que sabe, que aprende-.En la segunda mitad del siglo XX desde un modo contemporáneo o gubernamental(Foucault, 2006), el infante será leído e inventado desde variadas fuerzas, esta nueva cartografía pone de relieve fuerzas discursivas que circularon en diferentes planos con diversa intensidad y de modo discontinuo, regulando y produciendo nuevas infancias: infancias a la carta (Narodowski, 1999) ya no elementos de un estatuto infantil unificado, entre las que aparecen los medios de comunicación, la educación -ya no pedagogía-, la infancia sujeto de derecho, los derechos humanos en clave de infancia y adolescencia, la infancia de la diversidad y la inclusión, las infancias hiperrealizadas y desrealizadas (Narodowski, 1999), la infancia generizada, la infancia del deseo, del consumo, de los medios tecnológicos y de comunicación y las nuevas tecnologías; y en tal sentido la consideración de la muerte de la infancia por un sector de académicos e intelectuales....


[1] Doctora en Educación, Magister en Historia de la Educación y la Pedagogía y Licenciada en Educación Física. Profesora de planta tiempo completo de la Universidad Pedagógica Nacional, Facultad de Educación, Departamento de Posgrado. Profesora catedrática Universidad de la Salle Facultad de Ciencias de la Educación, Maestría en Docencia.


[1] Entiéndase apropiación, cómo un concepto metodológico, entendido como inscribir en la dinámica particular de una sociedad cualquier producción técnica o de saber proveniente de otra cultura y generada en condiciones históricas particulares.  Apropiar evoca modelar, adecuar, retomar, coger, utilizar para insertar en un proceso donde lo apropiado re recompone porque entra en una lógica diferente de funcionamiento. Ver Olga Lucía Zuluaga Prólogo. En Sáenz, Saldarriaga y Ospina, Mirar la Infancia, Foro Nacional por Colombia, UNIANDES, Universidad de Antioquia, Medellín, 1997. Vol. 2, p. XIV.
[2] Entendemos con Foucault, el acontecimiento como relación de fuerzas. Haciendo surgir el acontecimiento en tanto singularidad, producto de la ruptura con modos de expresión que podrían hacer pensar  que dicho acontecimiento responde a una constante histórica, antropológica. Ver Castro Edgardo- El vocabulario de Michel Foucault, Quilmes, Prometeo 2004, pp. 19-22
[3] Estas infancias diversas de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del siglo XXI en que la infancia se hace sujeto de derecho, aparecen en trabajos de investigadores colombianos en torno a describir interrogar y mostrar la emergencia, como las tensiones y relaciones con la pedagogía, la escuela, la educación y la sociedad, entre los cuales tenemos a Sáenz y Saldarriaga (2007), Carlos Noguera Ramírez (2003), Wilson Acosta Jiménez (2010) y Absalón Jiménez Becerra (2012), Elizabeth Castillo Guzmán (2008),Andrés Klaus Runge Peña (2008), María Victoria Alzate Piedrahita, (2001) De la Fuente y Recio (2004) y Leonor Jaramillo (2007), entre otros.

miércoles, 6 de mayo de 2015

5 - La pedagogizaciòn de la infancia

Infancia y Poder
Mariano Narodowski

3 - La pedagogización de la infancia
Después de Comenio

La pedagogización de la modernidad se instala a partir de dos tipos de enunciados en apariencia contradictorios entre si aunque, como ya fuera observado en los capítulos precedentes, estrechamente entrelazados. Por un lado, la pedagogía diseña una infancia discriminada en tanto tal en virtud de la constatación de una carencia o de un conjunto de carencias: no posee la autonomía ni el buen juicio ni el tino propios de los adultos. Son cuerpos débiles, ingenuos, manipulables, en formación. Por otro lado, los niños son objetos dedos operaciones fundamentales: constituyen campo de estudio y análisis y a la vez son empujados a emigrar del seno de la familia a unas instituciones producidas a efectos de contenerlos en su ineptitud y son formarlos para que, justamente, puedan abandonar o superar la carencia que le es constitutiva. A la discriminación etaria le sigue una delimitación institucional.
Al tiempo que abandona la producción y el núcleo primario social básico, la niñez es recogida por la pedagogía para someterla al régimen epistemológico de su observación y análisis y al régimen institucional que garantiza su encierro. Dos operaciones básicas ya que son configurantes del discurso pedagógico moderno; dos operaciones complementarias ya que una insinúa de inmediato a la otra. el destierro del niño de su ámbito de localización anterior acompaña el destierro de la mirada ingenua sobre el cuerpo infantil. Ahora serán unos instrumentos afinados los que, con aguda penetración, habrán de demarcar las posibilidades y los límites del conocimiento y la formación de los niños.
....   
Ir al documento completo, el libro se consigue, cada tanto lo traen. 

sábado, 11 de abril de 2015

La construcción escolar de la infancia

ÓSCA R SALDARRIAG A
JAVIE R SÁEN Z
La construcción escolar de la infancia:
pedagogía, raza y moral en Colombia, siglos xvi-xx
Los pobres, que constituían una especie de subcultura, fueron convertidos al tipo
de vida familiar de los burgueses por los filántropos, los moralistas tanto del Estado
como de la Iglesia, a quienes más tarde vinieron a reemplazar los trabajadores sociales
y los psicólogos. La historia de esta aculturación es bien conocida: al niño se lo alejó
de la calle y se lo encerró en un espacio desurbanizado, en la casa o en la escuela, im-
permeables tanto la una como la otra, a los rumores del exterior [...] fue alrededor de
la escuela y del barrio (una escuela por barrio) que se organizó, a principios del siglo
xx [en Francia] la sociabilidad de la infancia popular. La escuela fue el elemento que
estableció la diferencia con el período anterior —siglo XVI y principios del XIX...—: el
niño se convierte en un escolar, caracterizado por un delantal negro que no se quita
nunca y que tiene el carácter de uniforme.
PHILIPPE ARIES2

I. ¿LOS NIÑOS O LA INFANCIA?

La más fuerte mutación cultural y política en la mirada sobre la infancia en
Occidente, efecto de la escolarización entre los siglos xv y xx, ha sido el salto
entre dos ideales de "conducta infantil": del niño quieto, silencioso y obediente,
al niño activo, juguetón y creativo. Alrededor de ella, los cambios para adecuar
las sociedades modernas a la "liberación de la infancia" han sido mayores: la
reorganización de la maternidad individualizada y la familia monogámica; las
instituciones de cuidado, educación, salud y protección social; la readecuación
de los espacios públicos y privados con seguridad, protección y pedagogía; la
formación de saberes especializados -psicológicos, médicos, pedagógicos y
psiquiátricos-; amén de la legislación, los sistemas de vigilancia, y la penalidad,
entre los más notorios 3
Lo cierto es, que a partir del nacimiento de la escuela moderna en Europa, la
práctica pedagógica se generaliza como el dispositivo cultural que, para las
sociedades occidentales y accidentalizadas, condensa hacia los siglos xv y xvi 4.
La construcción escolar de la infancia: pedagogía, raza y moral en Colombia,
siglos xvi-xx el saber y el gobierno sobre la infancia como objeto de conocimiento,
como categoría conceptual, y como forma y experiencia subjetivas. Los discursos
de los tratados y manuales pedagógicos han definido los márgenes de edad y
los "procesos de desarrollo psicobiológico" de "la infancia"; las prácticas de
examen han dirigido la mirada de los maestros hacia dimensiones específicas
de los niños y niñas en la escuela; las prácticas de saber han disciplinado sus
formas de ver, hablar y pensar, y las prácticas de Gobierno han establecido las
formas moralmente sancionadas en que niños y niñas debían relacionarse con-
sigo mismos, con el maestro, y con los otros. Esta escolarización ha contribuido
a su constitución en tanto individuos separados del mundo y de los demás, y
ha definido también lo que niños y niñas podrían esperar al actuar de forma
disciplinada y moral: la salvación, el desarrollo, la madurez, el bienestar, ocupar
el lugar que les correspondería en el mundo de acuerdo con su origen social o
sus aptitudes, etc.
Sin embargo, esta "construcción social de la infancia" se ha hecho aparecer
como un progreso natural de la humanidad, hasta el punto en que el vocabulario
descriptivo usual mezcla indiscriminadamente términos singulares como "los
niños", las "niñas", "un niño" o "una niña", con términos genéricos como "la
infancia", "lo infantil", "el niño" o "la niñez". Frente a ello, nuestra posición
metodológica sostiene, en primer lugar, que hay que distinguir entre "los niños"
y "la infancia". Los niños han existido siempre, naturalmente son los "cacho-
rros" de la especie humana. Pero "el niño", la "niñez", la "infancia" y otros
genéricos nombran conjuntos de saberes, representaciones y prácticas que los
"adultos" han construido históricamente para asignar lugares y funciones a los
niños en nuestras sociedades.
En segundo lugar, asumimos la escolarización como una pieza fundamental
del proceso de occidentalización colonial experimentado por las poblaciones
latinoamericanas, cuya tendencia global y de largo plazo es la que el epígrafe de
ARIES sugiere. Empero, de país a país existen fuertes diferencias locales, no en
el proceso de construcción escolar de la infancia como forma de subjetividad,
pero sí en condiciones socioculturales y opciones sociopolíticas. Así, en este
trabajo se asume a Colombia como "laboratorio" para explorar ciertas líneas de
análisis que puedan sugerir posteriores comparaciones con otras experiencias
históricas en el área latinoamericana y en otras áreas postcoloniales 6
Por tales razones, este texto se centrará sobre dos asuntos estrechamente relacionados en
la constitución (escolar) de la infancia en Colombia, desde la escuela evange-
lizados del siglo xvi hasta la institucionalización de las ciencias sociales hacia
mediados del siglo xx. Nos interesa recoger, de una parte, los saberes que se
produjeron sobre la infancia desde la pedagogía, los programas de formación
de maestros, los planes de estudio y los discursos educativos estatales; y a través
de ello, mostrar el régimen de visibilidad de los niños y niñas en la escuela,
entendiendo por ello lo que la práctica pedagógica hizo posible ver de éstos.

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https://docs.google.com/file/d/0BwyXzuOLhS5cOWZmYTU0Y2UtNzFmMS00YjhiLWEyMWEtNDE3MDVjMDkzMGFh/edit?ddrp=1&hl=es#

entrar por:
http://saenzjavier.blogspot.com/
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1 El capítulo retoma algunos de los resultados de dos proyectos de investigación: Saber pedagógico y
educación pública en Colombia igoj-ig4Ó (Colciencias, 1993) y Saber pedagógico y campos conceptuales
(IDEP, 2005), desarrollados por el grupo de investigación "Historia de la práctica pedagógica en Co-
lombia".

2 PHILIPPE ARIES. "El niño y la calle. De la ciudad a la anticiudad", en Ensayos de la memoria, ig4j-ig8j.
Bogotá, Norma, 1995, p. 290.
3 JACQUES DONZELOT, La policía de las familias, Valencia, Pretextos, 1979, pp. 11 y 12.
4 Asumimos como escuela moderna, la institución masiva de enseñanza elemental o básica, desarrollada desde fines del siglo xv y que, bajo los requerimientos de las emergentes relaciones sociales de producción capitalistas, integró en un mismo espacio y tiempo, un conjunto de prácticas de conocimiento, examen, gobierno y formación moral que antes se hallaban dispersas. Cfr. JAVIER SÁENZ OBREGÓN y OLGA LUCÍA ZULUAGA. "Las relaciones entre psicología y pedagogía: infancia y prácticas de examen", en Memoria y Sociedad n." 17, p. 24. 39
 5 Cfr. PHILIPPE ARIES. "El niño y la calle", cit.; y SÁENZ y ZULUAGA. "Las relaciones", cit.
6 Ante la falta de información sobre otros trabajos, se menciona el texto brasileño: MARCOS CEZAR DE FREITAS (coord.). Historia social da infancia no Brasil, Sao Paulo, Cortez Editora/usF, 1997. Oscar Saldarriaga Vélez y Javier Sáenz Obregón 393

lunes, 30 de marzo de 2015

3 - Infancia y pedagogía

¿EXISTE LA INFANCIA?

NARODOWSKI Y BAQUERO. EN "ESCUELA Y CONSTRUCCIÓN DE LA INFANCIA". REVISTA DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIONES EN CIENCIAS DE LA EDUCACION – IICE AÑO III, Nº 4 JULIO DE 1994


RICARDO BAQUERO: Profesor Titular Ordinario de Psicología y Educación. Coordinador del Área Psicológica. Investigador del Núcleo de Estudios Educacionales y Sociales (NEES), Universidad del Centro, Tandil.
MARIANO NARODOWSKI: Doctor en Educación. Director del Núcleo de Estudios Educacionales y Sociales (NEES), Universidad del Centro, Tandil, Argentina.

La infancia como problema
El objetivo de este artículo es indagar acerca del concepto de «infancia» en el ámbito del discurso pedagógico. La intención es la de elaborar el marco en el cual la pedagogía construye la infancia y la configura a partir de ciertas categorías. Para lograr ese objetivo, es imprescindible describir, en primer lugar, los principales aportes en la investigación acerca de la infancia desde un punto de vista histórico y filosófico, para entonces arribar al estado actual respecto de la pregunta que guía este estudio. Como es sabido, al respecto de la investigación sobre la infancia pocos trabajos han tenido una influencia tan marcada como el libro de Philippe Ariès, L’Enfant et la vie familiare sous l'ancien régime1 . Tanto la profundidad de sus proposiciones como una cierta audacia en sus conclusiones, han promovido la búsqueda no solamente de nuevas evidencias sobre la infancia sino también la configuración de un nuevo campo epistémico. Por eso es importante conocer el punto de vista de este autor y, a través de sus críticos y seguidores, efectuar un breve «estado del arte» acerca de la investigación sobre la infancia. Esquemáticamente, el libro de Ariès ofrece sus afirmaciones en dos series2 . La primera se plantea con el fin de demostrar que, por contraste con nuestros actuales sentimientos respecto de la infancia, es posible definir una etapa anterior (al siglo XIII o XIV) en la que esos sentimientos no existían en la cultura occidental: ni las prácticas en los distintos aspectos de la vida social ni los patrones culturales actuales son posibles de ser detectados en ese período. Durante la época que Ariès denomina Ancien Régime, el sentimiento que actualmente occidente muestra hacia la infancia, no parecía tener lugar. Los niños no eran ni queridos ni odiados en los términos que esos sentimientos se expresan en el presente: habría que decir , en todo caso, que los niños eran simplemente inevitables. Compartían con los adultos las actividades lúdicas, educacionales y productivas. Los niños no se diferenciaban de los adultos ni por la ropa que portaban ni por los trabajos que efectuaban ni por las cosas que normalmente decían o callaban3 . La segunda serie de afirmaciones contribuyen a describir la transición de la antigua a la nueva concepción de infancia que operará la cultura occidental. Para esta transición, Ariès destaca con mayor intensidad dos sentimientos de infancia. El primero es el “mignotage”, por medio del cual se reconoce una cierta especificidad del niño que se hace evidente en algunas nuevas actitudes femeninas: la de las madres y las “nurses”, especialmente a partir del siglo XVII. Este sentimiento expresa la dependencia personal del niño al adulto y la necesidad de protección por parte de este. Esto se complementa con una concepción del niño como un ser moralmente heterónomo4 y con el surgimiento del moderno sentimiento de amor maternal. El segundo sentimiento se conforma a partir del nuevo interés generado por la infancia como objeto de estudio y normalización, siendo los pedagogos los sujetos destacados en este proceso y la escuela, o mejor dicho, el proceso de escolarización, el escenario observable de este interés. Alrededor de esta cuestión nos extenderemos más adelante. Sobre estos puntos de la obra de Ariès, muy escuetamente reseñados, varios estudios de diversa índole revisaron los principales conceptos y pudieron así verificar o refutar total o parcialmente los resultados obtenidos. Vale destacar que la mayoría de estos estudios provienen del campo de la demografía histórica, la psicología histórica y la historia de la familia y de la mujer. Sin embargo, la riqueza de la polémica permitirá obtener un análisis provechoso para el estudio de la infancia desde el unto de vista de la pedagogía. Al poco tiempo de ser publicada la primera edición de L’Enfant..., una reseña del libro por parte de Jean-Louis Flandrin publicada en los Annales5 , inaugura una importante línea de crítica historiográfica. Los principales puntos que en ella se destacan están vinculados especialmente al marco metodológico de la investigación llevada a cabo por Ariès y al uso de determinadas fuentes (especialmente íconos y figuras) como apoyo empírico de la contratación de las hipótesis6 . Esto no implica que Flandrin deje de reconocer a la infancia como producto “moderno” y hasta “industrial”: tanto en esa reseña como en una investigación posterior, retornará a las hipótesis de Ariès para afirmar que sin la “mutación fundamental” operada por la aparición de la infancia, se dificulta la comprensión de la revolución demográfica de la Europa del siglo XIX7 . Aún reconociendo el valor explicativo de las hipótesis de Ariès en el campo de la demografía histórica8 , varias investigaciones posteriores relativizaron algunas de las evidencias que sustentan su posición. El clásico estudio de Le Roy9 brinda un ejemplo de notoria importancia en el campo de historia de la familia ya que tiende a poner de relieve la presencia de “amor maternal” en la Edad Media, con lo que la hipótesis de una fractura global que generó nuevos sentimientos hacia la infancia parece ser discutible. La arista tal vez más conocida de la polémica desatada por L’enfant... estuvo protagonizada por Lloyd de Mause, puesto que este autor infiere de las conclusiones de Ariès una posición reaccionaria, que reivindica la antigua niñez y remarca el carácter normativizado y disciplinante que la “protección” adulta estaría infringiendo sobre la infancia. Para Lloyd de Mause10, los nuevos tiempos han aumentado la comprensión de la niñez y por consecuencia la posibilidad de su desarrollo en un ambiente de mayor respeto y felicidad. Por nuestra parte, sostenemos junto a W.Brikmann11, que esta polaridad en las posturas puede deberse a una ambivalencia en el propio objeto de estudio poniendo énfasis los autores en un aspecto u otro. Se desplaza de este modo hacia el carácter elegido (progreso o regresión; beneficio o perjuicio) el dominio absoluto de las cualidades de la infancia. Volviendo a una línea teórica que pretende comprender el surgimiento de la infancia a partir de su complejidad, en La Historia de la Vida Privada, el artículo de Jacques Gélis paraece haber reivindicado muchos aspectos de la obra de Ariès a través de una nueva lectura12 . Gélis destaca el concepto de individuación de la infancia: un proceso de paulatino recorte de la figura del niño a través de sus características principales: heteronomía, necesidad de protección, necesidad de un desarrollo específico que lo convierte en adulto. Para Gélis, la conformación de la infancia moderna es un proceso lento y complejo en el que conviven características desarrolladas en magnitud desigual. Los estudios recientes en el campo de la historia de la infancia parecen tender a respaldar el punto de vista de Gélis. Para el caso de la conformación de la infancia moderna en Buenos Aires13, las investigaciones muestran profundos pero paulatinos cambios en los sentimientos hacia la infancia en el período inmediatamente posterior a 1810. Sin embargo, ese proceso debe ser comprendido como un mosaico en el que conviven nuevas y viejas formas de la niñez más que como una mutación crucial operada de una vez y para siempre. Dentro de ese proceso, y como lo señalara el propio Ariès, la escolarización de la infancia acompaña al proceso paralelo de infantilización de una parte de la sociedad.
La pedagogización de la infancia: del niño al alumno 
En el proceso de infantilización de una parte de la sociedad, es decir, en el proceso mediante el cual la sociedad comienza a amar, proteger y considerar como agentes heterónomos a los niños, la institución escolar juega una papel central: escolarización e infantilización parecen, según todos los autores reseñados, dos fenómenos paralelos y complementarios. En este sentido, la pedagogía se ubica como producción discursiva destinada a normar y explicar la circulación de saberes en las instituciones escolares y precisará constituirse como el relato que conectará, a través de la escuela, a una infancia deseada –a veces, una “infancia normal”- en una sociedad deseada....  

______________
1 Ariès, Philippe. L’enfant et la vie familliale sous l’Ancienne Régime, Plon, Paris, 1960. 2 Esta división de la obra la hemos tomado –aunque no estrictamente, del clásico artículo de Adrian Wilson, “The Infancy of de history of childhood: an appraisal o Philippe Ariès”, History and Theory, XIX (2, 1980), pp.133- 153. 3 Narodowski, Mariano. Infancia y poder. La conformación de la pedagogía moderna, Aique, Buenos Aires, 1994.
4 Este punto de vista fue inaugurado en la historia de las ideas pedagógicas por Jean Jacques Rousseau en Emile ou de l’education. Sin embargo, en el Leviatán, Hobbes ya encuantra las bases de la relación de dependencia del niño al adulto al considerar desprotección y heteronomía como las características que permiten al adulto exigir obediencia de los niños: no una obediencia basada en la fuerza sino en la necesidad de protección afectiva, intelectual y moral. Véase Ribeiro, Renato. Ao leitor sem medo. Hobbes escrebendo contra seu tempo, Brasiliense, Sao Paulo, 1989. 5 Flandrin, Jean-Louis “Enfance et société”, Annales ESC, 19-2, 1964. 6 Véase Flandrin, Enfance et société, p.39 y Wilson, pp.140-141. 7 Flandrin, Jean-Louis: Familles. Parenté, maison, sexualité dans l’ancienne société, Seuil, Paris, 1984. 8 Bellingham, Bruce, “The history of child since the invention of child: some issues in the eighties” Journal of Family History, 13(2), 1988. 9 Le Roy Ladurie, Emanuel, Montaillou, village occitan de 1924 à 1325, P.U.F., Paris, 1975. 10 De Mause, Lloyd, The history of the childhood, Souvenir Press, London, 1980. Cabe destacar, siguiendo de nuevo el muy completo estudio histriográfico de Wilson, p.135, que no es posible aceptar muchas de las críticas de Lloyd de Mause debido a la poca consistencia historiográfica que ostentan algunas conclusiones. Sin embargo, algunas de las sugerentes ideas de este autori merecen tenerse en cuenta en un estado del arte como el aquí propuesto.
 11 Brikmann, Wilhelm, “La niñez en proceso de transformación. Consideraciones sobre su génesis, su desaparición y su valor efectivo para la pedagogía”, Educación, 2, Tubingenn, 1986. En esta línea se ubica también Cambi, Franco, “La storia dell’infanzia: quiestioni di método e di storiografia”, Scola e citta, 3-1991. 12 Gélis, Jacques, “L’individualization de l’enfant”, Ariès, P. Y Duby, G., Histoire de la vie privée, Seuil, Paris, 1986, vol 4. 13 Véase Szuchman, Mark, Order, family and comunity in Buenos Aires 1810-1860, Stanford University Press, 1988 y Narodowski, Mariano: Competitivité et speculation a Buenos Aires, 1810-1830, International Standing Conference of History of Education (ISCHE XVI), 1994.


SEGUIR LEYENDO:

http://www.giddet.psicol.unam.mx/giddet/prod/articulos/existe_%20la_infancia_ricardo_baquero.pdf

martes, 10 de marzo de 2015

2 - Arqueología de la escuela

ARQUEOLOGÍA DE LA ESCUELA
Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría. La piqueta. Madrid. 1997.

La maquinaria escolar[i]

La universalidad y la pretendida eternidad de la Escuela son algo más que una ilusión. Los poderosos buscan en épocas remotas y en civilizaciones prestigiosas -especialmente en la Grecia y la Roma clásicas- el origen de las nuevas instituciones que constituyen los pilares de su posición socialmente hegemónica. De esta forma intentan ocultar las funciones que las instituciones escolares cumplen en la nueva configuración social al mismo tiempo que enmascaran su propio carácter advenedizo en la escena socio-política. Esta hábil estratagema sirve para dotar a tales instituciones de un carácter inexpugnable ya que son naturalizadas al mismo tiempo que el orden burgués o post-burgués se reviste de una aureola de civilización. En todo caso, si la Escuela existió siempre y en todas partes, no sólo está justificado que siga existiendo, sino que su universalidad y eternidad la hacen tan natural como la vida misma convirtiendo, de rechazo, su puesta en cuestión en algo impensable o antinatural. Esto explica que las críticas más o menos radicales a la institución escolar sean inmediatamente identificadas con concepciones quiméricas que abocan al caos y al irracionalismo. Los escasos estudios que intentan analizar cuáles son las funciones sociales que cumplen las instituciones escolares son aún prácticamente irrelevantes frente a historias de la educación y a todo un enjambre de tratados pedagógicos que contribuyen a alimentar la rentable ficción de la condición natural de la Escuela.

En este capítulo, se intentará mostrar que la escuela primaria, en tanto que forma de socialización privilegiada y lugar de paso obligatorio para los niños de las clases populares, es una institución reciente cuyas bases administrativas y legislativas cuentan con poco más de un siglo de existencia[1]. De hecho, la escuela pública, gratuita y obligatoria ha sido instituida por Romanones a principios del siglo XX convirtiendo a los maestros en funcionarios del Estado y adoptando medidas concretas para hacer efectiva la aplicación de la reglamentación que prohibía el trabajo infantil antes de los diez años. La escuela no existió siempre, de ahí la necesidad de determinar sus condiciones históricas de existencia en el interior de nuestra formación social.

¿Qué caracteriza fundamentalmente a esta institución que ocupa el tiempo y pretende inmovilizar en el espacio a «todos» los niños comprendidos entre seis y dieciséis años? En realidad esta maquinaria de gobierno de la infancia no apareció de golpe sino que ensambló e instrumentalizó una serie de dispositivos que emergieron y se configuraron a partir del siglo XVI. Se trata de conocer cómo se montaron y afinaron las piezas que posibilitaron su constitución. En este sentido la utilización de la sociología histórica no tendrá como finalidad ni la idealización romántica del pasado ni el establecimiento de falsas analogías que sirvan hoy de lección. No se intenta dotar a la historia de un carácter magistral y pedagógico entre otras cosas porque una mirada retrospectiva de este tipo es también fruto de las instituciones escolares. Se pretende, por el contrario, aplicar el método genealógico para abordar el pasado desde una perspectiva que nos ayude a descifrar el presente, a rastrear continuidades oscuras y a determinar los procesos de montaje de las piezas maestras, sus engarces, para qué sirven y a quiénes, a qué sistemas de poder están ligadas, cómo se transforman y disfrazan, cómo contribuyen, en fin, a hacer posibles nuestras condiciones actuales de existencia. Proyecto ambicioso sin duda y por tanto solo abordable en profundidad de forma colectiva con la ayuda de todos aquellos que están desarrollando trabajos paralelos.

Nos limitaremos pues simplemente a esbozar las condiciones sociales de aparición de una serie de instancia a nuestro juicio fundamentales que, al coagularse a principios de este siglo, permitieron la aparición de la llamada escuela nacional:

  1. La definición de un estatuto de infancia.
  2. La emergencia de un espacio específico destinado a la educación de los niños.
  3. La aparición de un cuerpo de especialistas de la infancia dotados de tecnologías específicas y de elaborados códigos teóricos.
  4. La destrucción de otros modos de educación.
  5. La institucionalización propiamente dicha de la escuela, la imposición de la obligatoriedad escolar decretada por los poderes públicos y sancionada por las leyes.



[1] Las clases distinguidas han enviado a sus hijos a establecimientos de calidad y distinción (colegios, liceos, gimnasios, etc.), y se supone que seguirán haciéndolo. Nos referimos pues a la escuela nacional en su sentido preciso: espacio de gobierno para los hijos de las clases desfavorcidas




[i] La realización de este trabajo no hubiese sido posible sin las discusiones ni las aportaciones teóricas que tuvieron lugar en los cursos de B. Conein, M. Meyer y P. Gaudemar, profesores del Departamento de Sociología de la Universidad de París VIII. Sirva este estudio como muestra de agradecimiento.  




lunes, 16 de febrero de 2015

De Pulgarcito a Pinocho

Guillermo Bustamante Zamudio
Universidad Pedagógica Nacional
(Colombia)

Estamos acostumbrados a esos cuentos en las vestiduras [...] que llevan en nuestra época. Pero, en el fondo, ¿qué sentido tuvieron en su propia época?

Marc Soriano


Resumen


La infancia, como período durante el cual se adolece de atributos que van a ser aportados por la escuela, es un producto de la modernidad. Esta idea se ilustra en el artículo mediante la comparación de dos cuentos populares: Pulgarcito y Las aventuras de Pinocho. Pulgarcito, en el siglo XVII (aunque es una tradición anterior), tiene potencialidad, resuelve su conflicto con ingenio, y se enfrenta de igual a igual con los adultos, en un contexto donde la escuela no juega papel alguno. Por contraste, Pinocho, a finales del siglo XIX, es un muñeco ingenuo, torpe, ocioso, mentiroso y grosero que, para salir de ese estado y ganar el estatuto de niño, debe aceptar una ausencia de iniciativa y sujetarse al dispositivo de la escuela.


Introducción


Estamos inclinados a considerar como natural lo que nos causaría displacer aceptar como construido. Esta idea —paráfrasis de una afirmación de Freud[1]— viene al punto para ejemplificar una tensión en los enunciados sobre la educación, según reivindiquen el “deber-ser” (puesto en el costado de lo “natural”), o lo evadan (actitud que abre la posibilidad de toparse con la construcción social).
Quienes requieren el deber-ser para poderse desplegar, lo hacen de forma explícita o implícita:

·           Explícita, con mucha frecuencia en los discursos propios de un contexto educativo dominado por la ceremonia: una alocución inaugural, la proclamación de objetivos para una institución escolar, un plan de desarrollo, un programa, etc. En tales contextos, parece obligatorio hablar de cierta manera; la situación dicta las frases, el vocabulario está restringido a una cornucopia que no representa la abundancia, sino —paradójicamente— la escasez. Basta con decir ciertas cosas, de cierto modo, para que quienes están ahí con el fin de hacer existir ese discurso reconozcan al emisor como uno de los suyos (¡y pensar que entre las pocas cosas que se mencionan está la de la “autonomía”!).
·           Implícita, sobre todo en textos un poco más elaborados (hasta pueden llevar el nombre de “investigaciones”) pero conducentes a igual horizonte: la educación debe ser de tal y de tal forma; o, lo que es lo mismo: no debe ser ni así, ni asá.

La crítica a esta posición no está basada en una negativa a tener propósitos. Al contrario, tal vez nada se emprendería en su ausencia. Pero enarbolar ideales inspirados en móviles sin aparentes resquicios morales, es distinto a proponerse algo en función de conocer sus condiciones de realización. Quien está iluminado por las aspiraciones más puras no considera necesario estudiar en qué contexto son realizables y, entonces, lo enunciado como bueno sustituye la demostración y la construcción de lo posible.
De otro lado, están los trabajos (más escasos) que no requieren el deber-ser para desplegarse. Basil Bernstein es uno de los autores que obra bajo tal condición. Por eso, una de las pocas veces que se pronuncia en ese sentido, afirma: «Una recomendación para un sistema educativo es que sus resultados sean relativamente impredecibles». Es decir, cuando parece enunciar un ideal, habla en términos de incertidumbre: en lugar de resultados predecibles (o sea: objetivos, propósitos, misión, visión, etc.), tenemos el reconocimiento del valor de lo eventual. En esta misma dirección están los trabajos sobre la historia de la práctica pedagógica en Colombia, que, de un lado, reconocen no tener mucha capacidad para referirse al futuro, dada la importancia otorgada a la contingencia; y, de otro lado, se ocupan de períodos sobre los que es posible tomar, aunque sea, una mínima distancia temporal. Esta distancia permite ver los procesos no a la manera de la implicación necesaria de los antecedentes (ni, menos, de los propósitos), sino como los caminos trazados por la compleja articulación de lo que pugna por existir. Así, pongamos por caso, las relaciones efectivas entre los medios de comunicación y la escuela en Colombia, durante el siglo XX, se revelan distantes de los prejuicios y del deber-ser enunciado desde la escuela en su momento; se trató, más bien, de una serie inmensa de factores, uno de los cuales, pero sólo uno, estaba constituido por esas posiciones [Álvarez, 2003].
En el marco de esta perspectiva se ubican los trabajos de Philippe Ariès, particularmente sobre la infancia. Este autor encontró que, a partir de determinado momento, los niños dejan de ser pintados como adultos en miniatura y comienzan a ganar particularidad. Para él, la infancia es un “invento” (un efecto) más o menos reciente y, así producida, viene a ser aquello de lo que se ocupa la escuela, en dos sentidos: atenderla —que es el más evidente— y, sobre todo, hacerla existir, inventársela en cada momento. A su vez, en tanto producto, la infancia le da sentido a la escuela, la hace existir, le da razón de ser. Sin una, no hay la otra.
Esto contrasta con la “percepción inmediata”: según una primera impresión, de un lado, la infancia sería algo objetivo: está allí, siempre ha sido así y siempre lo será, y se la reconoce bajo las ideas de desvalimiento, carencia, latencia, etc.; y, de otro lado, la escuela sería un dispositivo necesario, natural y, en consecuencia, eterno. Quien obra bajo esta percepción, se autoriza a decir cómo “deben ser” las cosas con los niños en la escuela. Pero, de esta manera, la “percepción inmediata” se revela poco perceptiva y bastante mediada: es ya el producto de una fuerte mediación de discursos y prácticas que han producido el hecho de una ilusión (no al contrario), que han logrado cierta hegemonía a lo largo de un extenso período. Quien está advertido de esto no puede decir “deber-ser” y, entonces, intenta una explicación de cómo se han construido esos hechos.
Pues bien, me quiero apoyar en algunos de los hallazgos de esa tendencia para rastrear las ideas de infancia y de escuela en la literatura, tal como Philippe Ariès lo hizo en la pintura. Para comenzar esa investigación, aquí haré una somera lectura de dos cuentos muy populares: Pulgarcito y Las aventuras de Pinocho.


Pulgarcito


Pulgarcito forma parte de una serie de relatos populares (franceses, célticos e italianos), transmitidos de generación en generación, sobre los que hay múltiples versiones y varios trabajos de recolección, no exentos de aditamentos y supresiones. Otras “transcripciones” de la historia, como la de los hermanos Grimm, por ejemplo, dan como resultado una anécdota muy distinta. En el presente escrito hablaremos del Pulgarcito que encontramos bajo la rúbrica de Charles Perrault, sin olvidar que hay una disputa al respecto [Cf. Soriano, 1968][2], y que el relato es anterior al período vivido por el autor francés (1628-1703). La historia apareció por escrito en un libro de varios cuentos que, según un cronista de la época, tienen por autores «[...] un número infinito de padres, madres, abuelas, gobernantas y grandes amigas, que quizá desde hace más de mil años, pujando los unos con los otros, han agregado muchas agradables circunstancias que después permanecieron, mientras que todo aquello que estaba mal pensado ha caído en el olvido» [citado por Soriano, 1968:29]. Vamos al cuento.
En casa de Pulgarcito «eran muy pobres y sus siete hijos los empobrecían más» [157]*. Para aquel momento, se tenían muchos niños, de los cuales sólo algunos sobrevivían: abundaba la muerte infantil por hambre y enfermedad; por eso no era extraño hallar las prácticas de entrega, venta y abandono de niños. Hoy, en cambio, «haber limitado la mortalidad infantil, nos obliga a la máxima reserva en la concepción de hijos, de suerte que en el conjunto no criamos más niños que en las épocas anteriores al reinado de la higiene» [Freud, 1929:87].
Los padres de Pulgarcito se encuentran en un límite no infrecuente para la época: ya no pueden alimentar a sus hijos; entonces, discuten sobre el destino que han de darles. Con el razonamiento de hoy, bajo la lógica de nuestro deber-ser, resulta inimaginable la decisión: «el hambre fue tan grande, que aquella pobre gente decidió deshacerse de sus hijos» [157]; resuelven dejar a los niños en el bosque, porque de ese modo podrían hallar, por azar, alguna solución. Y, efectivamente, en cierto momento del cuento encuentran una vivienda donde una señora los atiende... pero eso es después y no está desprovisto de problemas. Volvamos atrás.
La decisión de “dejar” a los hijos en el bosque (la palabra “abandonar” tal vez no tenía la misma connotación que hoy) no está acompañada de remordimiento. Si bien la madre se resiste al comienzo, «después de considerar lo doloroso que sería para ella verlos morir de hambre, consintió y, llorando, fue a acostarse» [157]. Con la perspectiva de hoy, hablaríamos de un acto criminal; esos padres podrían ir a la cárcel. Y si no hay remordimiento, uno pensaría la presencia de alevosía, de perversidad. Pero ni una cosa ni otra: los padres están pensando en el bien de sus hijos; ojalá encuentren, por azar, algo mejor al destino anunciado en el hogar, o sea, la muerte por hambre. En el bosque, a lo sumo podría suceder lo mismo. En consecuencia, la decisión es práctica y moralmente buena.
Si los padres pensaran en los niños como carentes, no los dejarían alejarse hacia el bosque. Más bien reconocen en ellos algo de la potencialidad del adulto, y por eso se autorizan a librarlos a semejante albur. Lo veremos hacia el final: la buena salida está justo del lado del trabajo infantil... otro asunto rechazado hoy de forma estereotipada, como si fuera algo malo per se. Llegaremos a ese punto del relato.
Todo sería una típica anécdota de la época, si no fuera porque Pulgarcito oye la conversación de los padres y, entonces, introduce la complicación típica gracias a la cual cambiarán algunos roles, se requerirá la cualificación de algunos actores, las acciones se dirigirán a la conjunción con cierto objeto, etc. Pulgarcito escucha el plan y, sin embargo (dicho en la lógica de hoy), no esgrime los derechos del niño (algo impensable por aquel entonces), no acusa a los padres ante autoridad competente; más bien sale muy temprano y consigue pequeñas piedras con las cuales marcará el camino de ida, con el fin de convertirlo en camino seguro de retorno. La estrategia del pequeño funciona.
Mientras los niños están en el bosque, el señor del pueblo manda a la familia diez escudos que les debía; la madre compra más comida de la necesaria y, cuando lamenta no poder usar el excedente, los niños retornan. Y, como si hubiera habido pérdida accidental y no abandono deliberado, todos se ponen contentos. El azar parece regresarlos al seno de la familia, signo de unión y de bondad, y pasan a los detalles: «y tú, Pedrito, cómo te has puesto de barro» [161].
Ahora bien, las condiciones adversas no han dejado de estar ahí: «la alegría duró lo que duraron los diez escudos» [162]. Así, en cuanto gastaron el dinero, «volvieron a caer en su primera aflicción y decidieron abandonarlos de nuevo y, para no errar el golpe, llevarlos mucho más lejos que la primera vez» [162]. Quizá tengan suerte en el bosque y encuentren la manera de hacer fortuna. El último pedazo de pan es el único alimento con que contarán los niños. Pulgarcito ha vuelto a escuchar, pero esta vez la puerta está con llave y no puede hacer su recolección. Entonces decide aplicar la misma estrategia con su ración de pan. El sendero de piedritas es un plan inteligente, propio no de un niño carente, necesitado de la escuela para ser capaz, para saber qué hacer en la vida cuando sea grande. Es el más pequeño y ya sabe qué hacer. El camino de migas de pan es, por su parte, una muestra de recursividad. Pero otro azar va a dejarlos ahora sí ante lo impredecible: los pájaros se comen las migas. El camino de vuelta será largo.
Los niños llegan con dificultad a una casa y les abre una mujer, de aspecto bondadoso; tras ciertos trámites y aclaraciones, los hace seguir y les ofrece cobijo... Hasta aquí, la historia le da la razón a la medida extrema de los padres. Mas en esa vivienda habita un Ogro, lo suficientemente bueno como para haber conquistado una mujer y haber tenido siete niñas. Un ogro, es decir, según las mitologías de los pueblos del norte de Europa, un gigante que se alimenta de carne humana. El monstruo descubre a los niños gracias a su olfato, pero la mujer lo convence de no comérselos en ese momento, pues acaba de tomar su cena. O sea, tampoco es una mujer con muchos reparos a los hábitos caníbales de su esposo; y no por inmoral, sino, con toda seguridad, por ser una mujer de su época.
En una medida de prevención, Pulgarcito cambia los distintivos de las niñas por los de él y sus hermanos. El Ogro, un poco ebrio e inquieto durante la noche por la falibilidad del banquete con el cual piensa agasajar a sus amigos, se levanta y, verificando a oscuras los distintivos, degüella a sus hijas sin saberlo. Concilia el sueño, y los niños, a su vez, huyen.
A la mañana siguiente, comprobando el engaño, el Ogro recurre a sus botas mágicas, botas que avanzan siete leguas (más o menos 39 kilómetros) a cada paso, que saltan ríos y montañas como si tal cosa. Les da alcance, pero no los ve, pues ellos están escondidos en una roca hueca. Como el uso de esas botas produce agotamiento, se detiene a descansar, justamente encima de la roca, y se queda dormido. Con sigilo, Pulgarcito envía a sus hermanos a la casa de los padres (la cual se halla cerca), y hurta las botas que —encantadas como están— se agrandan o achican, según la pierna de quien las calza.
El niño no tiene igual fuerza que su enemigo, no tiene igual tamaño, pero sostiene una lucha entre iguales y vence. Si el Ogro hubiera ganado, no podría acusárselo de actos violentos contra menores; además, acostumbra comer niños: él (y no Pulgarcito por el hecho de ser niño) es quien tiene ganado un derecho... que no resulta tan malo, ni tan raro, cuando sabemos de padres (ahí están de ejemplo los de nuestro cuento) que “acostumbran” dejar niños abandonados en el bosque donde, entre otras cosas, está el riesgo de que un Ogro hambriento se los coma. Y no necesariamente es éste un desalmado: «aunque se comiera a los niños pequeños, no dejaba de ser un buen marido» [171]. Además debe sostener la creencia en los Ogros, lo cual ayuda a los demás a poner las implicaciones de los propios actos del lado del otro.
Provisto Pulgarcito de las botas, se producen dos finales que lo alejan de casa. No se trata, sin embargo, de un acto de desamor para con los padres; sino de la búsqueda de la cualificación necesaria para regresar en un estado que varíe las circunstancias iniciales.
En el primer final, regresa a donde la esposa del Ogro, la engaña y se queda con sus riquezas; vuelve a casa de los padres, donde lo reciben con mucha alegría.
En el otro final, se va a la Corte donde se entera de una preocupación imperante: la suerte de los soldados, que batallan lejos. Pulgarcito se convierte en el mensajero real, muy bien recompensado por el Rey (realiza, además, otros trabajos de mensajería, especialmente para parejas). Con su fortuna, después de algún tiempo, vuelve a casa y comparte la buena suerte; en otras palabras, no había olvidado a sus padres, no hay rencor, pues el destino acaecido no fue vivido a modo de abandono. Ellos se alegraron de una manera que «no es posible imaginar» [172]. Compra cargos y vuelve noble a su familia, con una excelente posición en la corte. En otras palabras, el trabajo infantil soluciona al final el conflicto; y no parece algo inusual, pues al comienzo los padres habían comentado que los niños estaban muy pequeños para ayudarles a ganar dinero.

Nadie se lamenta de una larga descendencia
cuando todos los hijos tienen buena presencia,
son hermosos y bien desarrollados;
mas si alguno resulta enclenque o silencioso
de él se burlan, lo engañan y se ve despreciado.
A veces, sin embargo, será este mocoso
el que a la familia ha de colmar de agrados.


Pinocho


Desde 1881 hasta 1883, el Diario para los niños[3] publica, por entregas, la «Historia de un muñeco», firmada por Carlo Collodi[4]. En 1883, estas historias se reunirán en un volumen, llamado Las aventuras de Pinocho. Tal como ocurrió con las de Perrault, la de Pinocho también estaba inspirada en otra anterior: esta vez, una vieja leyenda toscana. Pero ahora no sólo se pasa de la palabra a la escritura; además, se la inscribe en otra época, pues tal vez es uno de los primeros en escribir de forma deliberada para niños: pensando en la psicología, las costumbres, y las maneras de hablar y las bromas que supuestamente les son propias.
Según cuenta el narrador, el carpintero Geppetto le pide al colega Cereza un trozo de madera para fabricar un títere. Cereza aprovecha para deshacerse de un leño parlante que lo tiene desconcertado. Estando aún sin labrar, Pinocho insulta a Geppetto; en medio de la fabricación, le saca la lengua, juega con su peluca... al punto que el viejo exclama: «¡No he acabado de hacerte y ya empiezas a faltar al respeto a tu padre!» [35]; y, una vez terminado, le patea la nariz, sale corriendo y termina haciendo recaer sobre el anciano carpintero sospechas de maltrato infantil[5], razón por la cual el carabinero se lo lleva preso.
En tres capítulos (de un total de 36), tenemos ya una aproximación a la infancia: necesidad de adiestramiento (lo cual contrasta con Pulgarcito, donde los niños se comportan de otra manera) y susceptibilidad de maltrato (mientras una sospecha manda a Geppetto a la cárcel, un abandono real de los hijos no le merece un castigo a los padres de Pulgarcito).
Luego atraviesa el bosque, sitio peligroso para los niños de esta época (sin embargo, lugar donde en época anterior se libraba a los niños a su suerte). Una vez en casa, el Grillo Parlante le advierte sobre la suerte de los muchachos que desobedecen a sus padres y abandonan por capricho la casa paterna [40]. A esto, Pinocho responde: «[...] si me quedo, me pasará lo que pasa a todos los demás chicos; o sea, me mandarán a la escuela y, por gusto o por fuerza, tendré que estudiar» [40]. La infancia queda definida, de entrada, frente a la responsabilidad que puede brindarle la escuela a un niño; por eso, Pinocho no tiene —como declara él mismo— ni pizca de ganas de estudiar y se divierte más persiguiendo mariposas, subiéndose a los árboles y robando nidos [40]; por eso, la escuela le da dolor en todo el cuerpo y siente ansias y calambres cuando se la nombran [161]. Pero, justo por esas mismas razones, no puede dejar de ser muñeco.
Geppetto regresa de la cárcel y Pinocho le promete ser muy bueno: «Os prometo que iré a la escuela, que estudiaré y destacaré» [56]. Geppetto le rehace los pies (quemados por una torpeza del muñeco) y Pinocho le anuncia: «Para recompensaros de cuanto habéis hecho por mí, quiero ir inmediatamente a la escuela» [57]. Como no tiene cartilla, el viejo la compra con el producto de la venta de su único abrigo, en pleno invierno; es decir, tenemos el sacrificio del adulto por el niño para que estudie (en contraste con la historia de Pulgarcito, en la que los sacrificados son los niños.).
Pinocho va hacia la escuela, pero como un niño “descontrolado”: «fantaseaba en su cabecita mil planes y mil castillos en el aire» [59]. De pronto, pífanos y tambores llaman su atención. «Para ir a la escuela siempre hay tiempo» [60], se dice, y dirige sus pasos hacia la fuente de la fanfarria; debe pedir ayuda a un niño para conocer el contenido de un cartel y enterarse de una presentación de sus semejantes, los títeres. Para entrar, pretende vender sus prendas al niño, pero éste ni se deja deslumbrar —pues tiene más juicio que Pinocho [61], ya que está escolarizado (sabe leer)—, ni le compra el libro, pues un niño juicioso nunca compra nada a los otros niños. No obstante, un ropavejero ha oído la conversación y le compra la cartilla.
Con su presencia, Pinocho forma un desorden en el teatro, pues los títeres olvidan su trabajo y se ponen a interactuar con él. Es capturado por el dueño, Comefuego, quien inicialmente piensa usarlo como leña, pero acaba por apiadarse de él, dada la conmovedora historia de Geppetto, y le regala 5 monedas de oro.
La zorra y el gato, experimentados timadores, codician ese botín; en tanto pillos, le señalan a la víctima los males producidos por el estudio (tal como, más adelante, harán sus malos compañeros de pupitre[6]). Los que no van a la escuela, han escogido un mal camino y por eso hablan mal de ella. La zorra y el gato le mienten: las monedas pueden sembrarse como las plantas y multiplicarse como los frutos. Es decir, pese a tener la solución de sus problemas en la mano, cae otra vez víctima de su “muñequeidad”, o sea, de la falta de escuela que le evitaría ser estafado. «No te fíes, chico, de esos que prometen hacerte rico en un abrir y cerrar de ojos» [80], le indica la sombra del Grillo Parlante, a quien aplastó luego de emitir sus primeros consejos... en vano, como ahora, pues, tal como hacen todos los muchachos sin juicio ni corazón, acabó sacudiendo la cabeza (“se alzó de hombros”, dice otra traducción) y se fue con la zorra y el gato [104]. Luego, sorprendido de no encontrar el árbol pletórico de monedas, un papagayo le explica el timo y agrega una moraleja de su propia cosecha, sobre la manera de ahorrar dinero honestamente [109].
De igual forma, cuando intenta robar un racimo de uvas, el dueño del viñedo lo sermonea («El hambre no es una buena razón para apropiarse de lo ajeno» [118]) y lo pone de perro guardián. Con el collar apretándole el cuello, exclama: «¡Por desgracia me está bien empleado! He querido ser un perezoso, un vagabundo... he querido hacer caso a los malos compañeros, y por eso me persigue siempre la suerte. Si hubiera sido un chiquillo de bien como tantos otros, si hubiera tenido ganas de estudiar y de trabajar [...]» [119]. El hada tampoco se ahorra su reconvención, cuando Pinocho no se quiere tomar un remedio, pese a haberse comido por adelantado el dulce ofrecido como recompensa: «Los chicos deberían saber que una buena medicina tomada a tiempo puede salvarlos de una grave enfermedad y hasta de la muerte» [98]. Un poco más allá, el hada lo deja rabiar para que «se corrigiera del feo vicio de decir mentiras, el vicio más feo que pueda tener un chico» [101]. Y, más adelante, lo previene de crecer ocioso, porque, cuando esté grande, ya no habrá remedio [142][7]. Y un poco más allá: «los chicos que no escuchan los consejos de quien sabe más que ellos, siempre se encuentran con alguna desgracia» [172].
En fin, toda la obra está caracterizada, como señala Gubern [2002:440], por una «obvia voluntad didáctica»[8]. Pinocho la sufre desde su posición: «[...] los chicos somos unos pobres desagraciados. ¡Todos nos chillan, todos nos reprochan, todos nos dan consejos! Si los dejáramos, a todos se les metería en la cabeza ser nuestros padres y nuestros maestros» [81].
Los adultos hablan como maestros y todo niño debe estudiar en la escuela; la infancia viene adherida a ella. Aunque sea un muñeco de madera, sus muestras de humanidad (hablar, llorar), justifican la idea de estar obligado a ir a la escuela, pese a poseer características propias de su otra especificidad. Su ser de muñeco parece explicar sus fracasos.
Pero el camino de Pinocho es de perfeccionamiento, tal como el conocimiento y los valores escolares lo prometen. Él mismo se propone como modelo para los niños: «¡Que al menos mi desgracia pueda servir de lección a todos los chicos desobedientes y que no tienen ganas de estudiar!» [195]; además, «de chicos de buen corazón, aunque traviesos y malcriados, se puede siempre esperar algo [...] se puede esperar que vuelvan al buen camino» [140-141].
Ante su deseo de ser un hombre, el hada le advierte que debe merecerlo[9]: «los chicos de bien tienen amor al estudio y al trabajo [...] dicen siempre la verdad [...] van de buena gana a la escuela» [140]. Al día siguiente, Pinocho entra a una escuela pública. Sin embargo, ello no le basta a Collodi para terminar sus sermones e introduce otra complicación: los malos estudiantes —molestos porque Pinocho se vuelve prolijo[10]— usan la debilidad de su compañero por averiguar la suerte de Geppetto y lo conducen a nuevas aventuras, al término de las cuales vuelve a exclamar: «¡Cuánto mejor si hubiera ido a la escuela! He querido hacer caso a mis compañeros y ahora lo pago» [159]; «[…] soy un pillo que siempre promete corregirse y no lo mantiene nunca» [166].
Y cuando ha mantenido su palabra durante un año y ha sido el más sobresaliente de la escuela, el hada le promete convertirlo en niño al día siguiente. Pero vuelve a caer: se va al País de los Juguetes, donde «no hay escuelas, no hay maestros, no hay libros» [173]. Este, en realidad, es el camino expedito a ser un burro: «está escrito en los decretos de la sabiduría —le dice una marmota— que todos los niños holgazanes, cuando se aburren con los libros, la escuela y los maestros, y pasan sus días entre juguetes, juegos y juergas, acabarán tarde o temprano transformándose en pequeños asnos» [187]... Y Pinocho se convierte, efectivamente en uno. Recordemos: es el calificativo propio de quien no acertaba en la escuela, y debía usar las orejas de burro, o el gorro con el letrero “burro”, según muestra la ilustración de nuestra Alegría de leer:
 














En tanto muñeco, Pinocho posee una identidad ambigua; es como un Adán detenido en el momento anterior al soplo que le insufló la vida. Pero mientras el muñeco de barro no ha requerido hacer méritos para pasar de barro a hombre, el hombrecito de madera sí.
Sin aceptar la escuela, Pinocho tampoco tiene conciencia y no será redimido de su situación de cosa, aunque aspire a ser un niño con infancia; se cree lleno de iniciativa (es decir, sin infancia), pero todo lo conduce al fracaso: «en la vida de los muñecos hay siempre un pero, que lo echa todo a perder» [169]. Durante la mayor parte del libro, está cometiendo trasgresiones, a causa de una ignorancia de la cual no tiene responsabilidad. Por eso, el Grillo Parlante es una “conciencia moral” exterior; en esa dirección, el crecimiento de la nariz a causa de las mentiras, así como su conversión en burro, cuando intenta evadir toda responsabilidad, materializan el castigo ejercido por el otro, cuando no hay un auto-control del sujeto, condición buscada justamente por la escuela.
Pinocho parece no aceptar el papel de carente, de necesitado de la escuela, y por eso tropieza todo el tiempo, no tiene éxito, se ve enredado en las más absurdas situaciones. Al muñeco de madera le hace falta algo para ser verdaderamente humano: “no tiene alma, ni entendimiento, no se acuerda de su creador, camina sin rumbo y anda a gatas”[11]. Será castigado y amenazado de quedarse en su estatuto de muñeco de madera, si no procede de manera correcta, única forma de ganar el derecho a ser inducido, desde su materialidad de cosa a su especificidad de niño.
Así, una serie de experiencias formativas lo volverán responsable y entonces acepta “adolecer”; se vuelve un adolescente, es decir, un escolar —al menos de forma potencial—, pues la escuela actúa sobre esa carencia, la cual vendrá a cuidar y a llenar. Ya no caerá en tentaciones objetables desde el punto de vista moral, no buscará el placer fácil, no soñará con un mundo sin libros y sin profesores. Acepta definitivamente ir a la escuela, es decir, ser un buen hijo, un buen niño. Pinocho-muñeco da lugar a Pinocho-niño[12] y deja atrás su antiguo cuerpo: los restos inanimados del muñeco yacen, al final, en una silla. El Grillo Parlante ya no tendrá trabajo, pues Pinocho lo “internaliza”, efecto logrado sólo en relación con la escuela.
Quienes conocen la historia por la versión de Walt Disney —bastante distinta de la de Collodi— ignoran que el muñeco es un hombre, pues Geppetto realizó su labor con la intención de fabricar un muñeco de madera que bailara, hiciera esgrima y diera saltos mortales [30]. No en vano las primeras ilustraciones lo conciben con una incipiente calvicie.


A manera de conclusión (parcial)


Los cuentos estudiados pertenecen a momentos distintos:

-         De un lado, textos como los atribuidos a Perrault (o a los hermanos Grimm), eran tradiciones orales y no estaban pensados para un público infantil: niños y adultos escuchaban las mismas cosas y tenían más o menos las mismas lecturas[13]. Hoy, el uso de tales textos como si fueran para niños, en el ámbito de la literatura llamada “infantil”, contribuye a creer en la eternidad de la infancia.
-         De otro lado, Las aventuras de Pinocho se conciben en otra condición: cuando se afirma que Collodi empezó a escribir pensando en la psicología de los niños, es porque antes de ese momento no tenían una “psicología” distintiva, más allá de la que les correspondía por ser adultos pequeños... Y si el autor italiano comenzó a escribir teniendo en cuenta las costumbres y la manera de hablar de ellos, es porque antes sus costumbres y maneras de hablar se pensaban en función de aquellas que estaban en pos de aprender... Y si Collodi empezó a escribir pensando en sus bromas, es porque antes sus “escatologías” no habían sido consideradas como algo que les diera especificidad.

Si Collodi fue uno de los primeros en escribir de forma consciente para niños, se supone una época anterior sin literatura infantil, en tanto no había infancia. Es decir, se reconoce ese momento histórico como constituido ya por un ámbito para la infancia; ámbito explorable, por ejemplo, mediante una literatura que comience a serle propia.
De tal manera, Pulgarcito y Las aventuras de Pinocho parecen materializar, respectivamente, el antes y el después de la infancia y de la escuela (no en vano, entre Perrault y Collodi hay dos siglos: del XVII al XIX):

-         En la historia de Pulgarcito, no hay infancia, ni desde la perspectiva de los grandes, ni desde la de los pequeños. En términos de Piaget [1969:193], los niños tendrían una estructura mental idéntica a la del adulto, aunque funcionalmente fueran diferentes. Los niños no son iguales a los adultos, por supuesto, pero tampoco habitan un período especial de adolescencia, susceptible de ser llenada gracias al concurso de la escuela. Eso permite desplegar ciertas prácticas sociales que, vistas desde hoy, nos parecen anti-naturales. La escuela, vale la pena subrayarlo, no aparece en el cuento.
-         La historia de Pinocho, en cambio, se escribe en el marco del propósito de educar esa etapa de la vida. Ya no se trata solamente de distraer, propósito seguramente pertinente en otra época. El autor italiano trabaja no sólo en condiciones de existencia de la infancia (reproducida también con ayuda de la “literatura infantil” que él ayuda a crear), sino de una infancia unida a la idea de educar, de formar en la escuela. Cuando finalmente Pinocho acepta la falta, cuando internaliza la conciencia, es ascendido a ser humano y se somete a llenar dicha falta gracias a los buenos oficios de la institución escolar. Es cuando ya la moral va por dentro y, entonces, desaparece la función del grillo y el hada se vuelve madre.

Bibliografía

Álvarez, Alejandro [2003]. Los medios de comunicación y la sociedad educadora. ¿Ya no es necesaria la escuela? Bogotá: Magisterio-UPN.
Anónimo. Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché. Centroamérica: Educa, 1984.
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[1]    «Nos inclinamos a considerar equivocado lo que nos causaría displacer aceptar como cierto» [Freud, 1915:19].
[2]    Inicialmente, se hizo creer (con un fondo de ambigüedad) que el autor era Charles Perrault hijo (Darmancour). Pero cuando el libro se hizo más famoso, necesitó autor, y, mientras más prestigioso, mejor [Soriano, 1968:40]. Así, Perrault padre comienza a aparecer como inventor del género e incluso se le anexan cuentos de otros autores, escritos antes.
*    Las citas de Pulgarcito y de Las aventuras de Pinocho irán acompañadas de una cifra entre corchetes; ella indica la página donde se encuentra el texto, según la versión reseñada en la bibliografía.
[3]    «En 1745, John Newbery abrió en Londres la primera librería y editorial para niños, La Biblia y el Sol, y editaron gran número de obras. En 1751 lanzó la primera revista infantil del mundo: The Lilliputian Magazine». Enciclopedia digital Encarta.
[4]    Seudónimo de Carlo Lorenzini (1826-1890), florentino que se desempeñó como bibliotecario, soldado, periodista, funcionario, traductor —de Perrault, por ejemplo— y escritor.
[5]    «¡Pobre muñeco! ¡Tiene razón en no querer volver a casa! ¡Vete a saber qué paliza le daría ese animal de Geppetto!”. [...] “¡Ese Geppetto parece un buen hombre! ¡Pero es un perfecto tirano con los chicos! ¡Si le dejan entre las manos a ese pobre muñeco, es capaz de hacerlo pedazos!» [37].
[6]    «Con una lección más o menos seguiremos siendo igual de burros» [145]. Y qué dirá el maestro, pregunta Pinocho, y sus amigotes le contestan: «¡Deja que el maestro diga! Le pagan para que riña todos los días» [145]. Ante el reclamo de que su dedicación los hace quedar mal a ellos, Pinocho les pregunta qué debe hacer. Ellos le responden: «Debes aburrirte tú también de la escuela, de las lecciones y del maestro, que son nuestros tres grandes enemigos» [148].
[7]    “Educa al niño de hoy para no tener que castigar al hombre de mañana”.
[8]    En esto, el muñeco de madera no está solo: entre 1877 y 1890, su autor produjo series de cuentos educativos —para un total de siete volúmenes— sobre un personaje llamado Gianettino [Juanito].
[9]    Los primeros hombres del Popol Vuh —hechos también de madera— así mismo tuvieron su oportunidad; pero la desperdiciaron y fueron castigados por el Corazón del Cielo con un gran diluvio.
[10] «A mí me parece un buen chico, con muchas ganas de estudiar, obediente, cariñoso [...]» [164], dice un viejo del pueblo.
[11] Es la descripción del Popol Vuh sobre los primeros hombres: «[...] no tenían alma, ni entendimiento; no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas. Ya no se acordaban del Corazón del Cielo [...] Fue solamente un ensayo, un intento de hacer hombres».
[12] Tal como los hombres de madera dan lugar a los hombres de maíz, éstos sí comprometidos con el culto a sus dioses.
[13] Los escasos libros para niños que existían en esta época eran abecedarios, silabarios, bestiarios o catones.