Guillermo Bustamante Zamudio
Universidad Pedagógica Nacional
(Colombia)
Estamos
acostumbrados a esos cuentos en las vestiduras [...] que llevan en nuestra
época. Pero, en el fondo, ¿qué sentido tuvieron en su propia época?
Marc Soriano
Resumen
La infancia, como período durante el cual se adolece de
atributos que van a ser aportados por la escuela, es un producto de la
modernidad. Esta idea se ilustra en el artículo mediante la comparación de dos
cuentos populares: Pulgarcito y Las aventuras de Pinocho. Pulgarcito, en el siglo XVII
(aunque es una tradición anterior), tiene potencialidad, resuelve su conflicto
con ingenio, y se enfrenta de igual a igual con los adultos, en un contexto
donde la escuela no juega papel alguno. Por contraste, Pinocho, a finales del
siglo XIX, es un muñeco ingenuo, torpe, ocioso, mentiroso y grosero que, para
salir de ese estado y ganar el estatuto de niño, debe aceptar una ausencia de
iniciativa y sujetarse al dispositivo de la escuela.
Introducción
Estamos inclinados a
considerar como natural lo que nos causaría displacer aceptar como construido.
Esta idea —paráfrasis de una afirmación de Freud—
viene al punto para ejemplificar una tensión en los enunciados sobre la educación,
según reivindiquen el “deber-ser” (puesto en el costado de lo “natural”), o lo
evadan (actitud que abre la posibilidad de toparse con la construcción social).
Quienes requieren el deber-ser para poderse desplegar,
lo hacen de forma explícita o implícita:
·
Explícita, con mucha frecuencia en los discursos
propios de un contexto educativo dominado por la ceremonia: una alocución
inaugural, la proclamación de objetivos para una institución escolar, un plan
de desarrollo, un programa, etc. En tales contextos, parece obligatorio hablar
de cierta manera; la situación dicta las frases, el vocabulario está
restringido a una cornucopia que no representa la abundancia, sino
—paradójicamente— la escasez. Basta con decir ciertas cosas, de cierto modo,
para que quienes están ahí con el fin de hacer existir ese discurso reconozcan
al emisor como uno de los suyos (¡y pensar que entre las pocas cosas que se
mencionan está la de la “autonomía”!).
·
Implícita, sobre todo en textos un poco más
elaborados (hasta pueden llevar el nombre de “investigaciones”) pero
conducentes a igual horizonte: la educación debe ser de tal y de tal forma; o,
lo que es lo mismo: no debe ser ni así, ni asá.
La crítica a esta posición no está basada en una
negativa a tener propósitos. Al contrario, tal vez nada se emprendería en su
ausencia. Pero enarbolar ideales inspirados en móviles sin aparentes resquicios
morales, es distinto a proponerse algo en función de conocer sus condiciones de
realización. Quien está iluminado por las aspiraciones más puras no considera
necesario estudiar en qué contexto son realizables y, entonces, lo enunciado
como bueno sustituye la demostración y la construcción de lo posible.
De otro lado, están los trabajos (más escasos) que no
requieren el deber-ser para desplegarse. Basil Bernstein es uno de los autores
que obra bajo tal condición. Por eso, una de las pocas veces que se pronuncia
en ese sentido, afirma: «Una recomendación para un sistema educativo es que sus
resultados sean relativamente impredecibles». Es decir, cuando parece enunciar
un ideal, habla en términos de incertidumbre: en lugar de resultados
predecibles (o sea: objetivos, propósitos, misión, visión, etc.), tenemos el
reconocimiento del valor de lo eventual. En esta misma dirección están los
trabajos sobre la historia de la práctica pedagógica en Colombia, que, de un
lado, reconocen no tener mucha capacidad para referirse al futuro, dada la
importancia otorgada a la contingencia; y, de otro lado, se ocupan de períodos
sobre los que es posible tomar, aunque sea, una mínima distancia temporal. Esta
distancia permite ver los procesos no a la manera de la implicación necesaria
de los antecedentes (ni, menos, de los propósitos), sino como los caminos
trazados por la compleja articulación de lo que pugna por existir. Así,
pongamos por caso, las relaciones efectivas entre los medios de comunicación y
la escuela en Colombia, durante el siglo XX, se revelan distantes de los
prejuicios y del deber-ser enunciado desde la escuela en su momento; se trató,
más bien, de una serie inmensa de factores, uno de los cuales, pero sólo uno,
estaba constituido por esas posiciones [Álvarez, 2003].
En el marco de esta perspectiva se ubican los trabajos
de Philippe Ariès, particularmente sobre la infancia. Este autor encontró que,
a partir de determinado momento, los niños dejan de ser pintados como adultos
en miniatura y comienzan a ganar particularidad. Para él, la infancia es un
“invento” (un efecto) más o menos reciente y, así producida, viene a ser
aquello de lo que se ocupa la escuela, en dos sentidos: atenderla —que es el
más evidente— y, sobre todo, hacerla existir, inventársela en cada momento. A
su vez, en tanto producto, la infancia le da sentido a la escuela, la hace
existir, le da razón de ser. Sin una, no hay la otra.
Esto contrasta con la “percepción inmediata”: según
una primera impresión, de un lado, la infancia sería algo objetivo: está allí,
siempre ha sido así y siempre lo será, y se la reconoce bajo las ideas de
desvalimiento, carencia, latencia, etc.; y, de otro lado, la escuela sería un
dispositivo necesario, natural y, en consecuencia, eterno. Quien obra bajo esta
percepción, se autoriza a decir cómo “deben ser” las cosas con los niños en la
escuela. Pero, de esta manera, la “percepción inmediata” se revela poco perceptiva
y bastante mediada: es ya el producto de una fuerte mediación de discursos y
prácticas que han producido el hecho de una ilusión (no al contrario), que han
logrado cierta hegemonía a lo largo de un extenso período. Quien está advertido
de esto no puede decir “deber-ser” y, entonces, intenta una explicación de cómo
se han construido esos hechos.
Pues bien, me quiero apoyar en algunos de los
hallazgos de esa tendencia para rastrear las ideas de infancia y de escuela en
la literatura, tal como Philippe Ariès lo hizo en la pintura. Para comenzar esa
investigación, aquí haré una somera lectura de dos cuentos muy populares: Pulgarcito
y Las aventuras de Pinocho.
Pulgarcito
Pulgarcito forma parte
de una serie de relatos populares (franceses, célticos e italianos),
transmitidos de generación en generación, sobre los que hay múltiples versiones
y varios trabajos de recolección, no exentos de aditamentos y supresiones.
Otras “transcripciones” de la historia, como la de los hermanos Grimm, por
ejemplo, dan como resultado una anécdota muy distinta. En el presente escrito
hablaremos del Pulgarcito que encontramos bajo la rúbrica de Charles
Perrault, sin olvidar que hay una disputa al respecto [Cf. Soriano, 1968],
y que el relato es anterior al período vivido por el autor francés (1628-1703).
La historia apareció por escrito en un libro de varios cuentos que, según un
cronista de la época, tienen por autores «[...] un número infinito de padres,
madres, abuelas, gobernantas y grandes amigas, que quizá desde hace más de mil
años, pujando los unos con los otros, han agregado muchas agradables
circunstancias que después permanecieron, mientras que todo aquello que estaba
mal pensado ha caído en el olvido» [citado por Soriano, 1968:29]. Vamos al
cuento.
En casa de Pulgarcito «eran muy pobres y sus siete
hijos los empobrecían más» [157]. Para
aquel momento, se tenían muchos niños, de los cuales sólo algunos sobrevivían:
abundaba la muerte infantil por hambre y enfermedad; por eso no era extraño
hallar las prácticas de entrega, venta y abandono de niños. Hoy, en cambio,
«haber limitado la mortalidad infantil, nos obliga a la máxima reserva en la
concepción de hijos, de suerte que en el conjunto no criamos más niños que en
las épocas anteriores al reinado de la higiene» [Freud, 1929:87].
Los padres de Pulgarcito se encuentran en un límite no
infrecuente para la época: ya no pueden alimentar a sus hijos; entonces,
discuten sobre el destino que han de darles. Con el razonamiento de hoy, bajo
la lógica de nuestro deber-ser, resulta inimaginable la decisión: «el hambre
fue tan grande, que aquella pobre gente decidió deshacerse de sus hijos» [157];
resuelven dejar a los niños en el bosque, porque de ese modo podrían hallar,
por azar, alguna solución. Y, efectivamente, en cierto momento del cuento
encuentran una vivienda donde una señora los atiende... pero eso es después y
no está desprovisto de problemas. Volvamos atrás.
La decisión de “dejar” a los hijos en el bosque (la
palabra “abandonar” tal vez no tenía la misma connotación que hoy) no está
acompañada de remordimiento. Si bien la madre se resiste al comienzo,
«después de considerar lo doloroso que sería para ella verlos morir de hambre,
consintió y, llorando, fue a acostarse» [157]. Con la perspectiva de hoy,
hablaríamos de un acto criminal; esos padres podrían ir a la cárcel. Y si no
hay remordimiento, uno pensaría la presencia de alevosía, de perversidad. Pero
ni una cosa ni otra: los padres están pensando en el bien de sus hijos; ojalá
encuentren, por azar, algo mejor al destino anunciado en el hogar, o sea, la
muerte por hambre. En el bosque, a lo sumo podría suceder lo mismo. En
consecuencia, la decisión es práctica y moralmente buena.
Si los padres pensaran en los niños como carentes, no
los dejarían alejarse hacia el bosque. Más bien reconocen en ellos algo de la
potencialidad del adulto, y por eso se autorizan a librarlos a semejante albur.
Lo veremos hacia el final: la buena salida está justo del lado del trabajo
infantil... otro asunto rechazado hoy de forma estereotipada, como si fuera
algo malo per se. Llegaremos a ese punto del relato.
Todo sería una típica anécdota de la época, si no
fuera porque Pulgarcito oye la conversación de los padres y, entonces,
introduce la complicación típica gracias a la cual cambiarán algunos roles, se
requerirá la cualificación de algunos actores, las acciones se dirigirán a la
conjunción con cierto objeto, etc. Pulgarcito escucha el plan y, sin embargo
(dicho en la lógica de hoy), no esgrime los derechos del niño (algo impensable
por aquel entonces), no acusa a los padres ante autoridad competente; más bien
sale muy temprano y consigue pequeñas piedras con las cuales marcará el camino
de ida, con el fin de convertirlo en camino seguro de retorno. La estrategia
del pequeño funciona.
Mientras los niños están en el bosque, el señor del
pueblo manda a la familia diez escudos que les debía; la madre compra más
comida de la necesaria y, cuando lamenta no poder usar el excedente, los niños
retornan. Y, como si hubiera habido pérdida accidental y no abandono
deliberado, todos se ponen contentos. El azar parece regresarlos al seno de la
familia, signo de unión y de bondad, y pasan a los detalles: «y tú, Pedrito,
cómo te has puesto de barro» [161].
Ahora bien, las condiciones adversas no han dejado de
estar ahí: «la alegría duró lo que duraron los diez escudos» [162]. Así, en
cuanto gastaron el dinero, «volvieron a caer en su primera aflicción y
decidieron abandonarlos de nuevo y, para no errar el golpe, llevarlos mucho más
lejos que la primera vez» [162]. Quizá tengan suerte en el bosque y encuentren
la manera de hacer fortuna. El último pedazo de pan es el único alimento con
que contarán los niños. Pulgarcito ha vuelto a escuchar, pero esta vez la
puerta está con llave y no puede hacer su recolección. Entonces decide aplicar
la misma estrategia con su ración de pan. El sendero de piedritas es un plan
inteligente, propio no de un niño carente, necesitado de la escuela para ser
capaz, para saber qué hacer en la vida cuando sea grande. Es el más pequeño y ya
sabe qué hacer. El camino de migas de pan es, por su parte, una muestra de
recursividad. Pero otro azar va a dejarlos ahora sí ante lo impredecible: los
pájaros se comen las migas. El camino de vuelta será largo.
Los niños llegan con dificultad a una casa y les abre
una mujer, de aspecto bondadoso; tras ciertos trámites y aclaraciones, los hace
seguir y les ofrece cobijo... Hasta aquí, la historia le da la razón a la
medida extrema de los padres. Mas en esa vivienda habita un Ogro, lo suficientemente
bueno como para haber conquistado una mujer y haber tenido siete niñas. Un
ogro, es decir, según las mitologías de los pueblos del norte de Europa, un
gigante que se alimenta de carne humana. El monstruo descubre a los niños
gracias a su olfato, pero la mujer lo convence de no comérselos en ese momento,
pues acaba de tomar su cena. O sea, tampoco es una mujer con muchos reparos a
los hábitos caníbales de su esposo; y no por inmoral, sino, con toda seguridad,
por ser una mujer de su época.
En una medida de prevención, Pulgarcito cambia los
distintivos de las niñas por los de él y sus hermanos. El Ogro, un poco ebrio e
inquieto durante la noche por la falibilidad del banquete con el cual piensa
agasajar a sus amigos, se levanta y, verificando a oscuras los distintivos,
degüella a sus hijas sin saberlo. Concilia el sueño, y los niños, a su vez,
huyen.
A la mañana siguiente, comprobando el engaño, el Ogro
recurre a sus botas mágicas, botas que avanzan siete leguas (más o menos 39
kilómetros) a cada paso, que saltan ríos y montañas como si tal cosa. Les da
alcance, pero no los ve, pues ellos están escondidos en una roca hueca. Como el
uso de esas botas produce agotamiento, se detiene a descansar, justamente
encima de la roca, y se queda dormido. Con sigilo, Pulgarcito envía a sus
hermanos a la casa de los padres (la cual se halla cerca), y hurta las botas
que —encantadas como están— se agrandan o achican, según la pierna de quien las
calza.
El niño no tiene igual fuerza que su enemigo, no tiene
igual tamaño, pero sostiene una lucha entre iguales y vence. Si el Ogro hubiera
ganado, no podría acusárselo de actos violentos contra menores; además,
acostumbra comer niños: él (y no Pulgarcito por el hecho de ser niño) es quien
tiene ganado un derecho... que no resulta tan malo, ni tan raro, cuando sabemos
de padres (ahí están de ejemplo los de nuestro cuento) que “acostumbran” dejar
niños abandonados en el bosque donde, entre otras cosas, está el riesgo de que
un Ogro hambriento se los coma. Y no necesariamente es éste un desalmado:
«aunque se comiera a los niños pequeños, no dejaba de ser un buen marido»
[171]. Además debe sostener la creencia en los Ogros, lo cual ayuda a los demás
a poner las implicaciones de los propios actos del lado del otro.
Provisto Pulgarcito de las botas, se producen dos
finales que lo alejan de casa. No se trata, sin embargo, de un acto de desamor
para con los padres; sino de la búsqueda de la cualificación necesaria para
regresar en un estado que varíe las circunstancias iniciales.
En el primer final, regresa a donde la esposa del
Ogro, la engaña y se queda con sus riquezas; vuelve a casa de los padres, donde
lo reciben con mucha alegría.
En el otro final, se va a la Corte donde se entera de
una preocupación imperante: la suerte de los soldados, que batallan lejos.
Pulgarcito se convierte en el mensajero real, muy bien recompensado por el Rey
(realiza, además, otros trabajos de mensajería, especialmente para parejas).
Con su fortuna, después de algún tiempo, vuelve a casa y comparte la buena suerte;
en otras palabras, no había olvidado a sus padres, no hay rencor, pues el
destino acaecido no fue vivido a modo de abandono. Ellos se alegraron de una
manera que «no es posible imaginar» [172]. Compra cargos y vuelve noble a su
familia, con una excelente posición en la corte. En otras palabras, el trabajo
infantil soluciona al final el conflicto; y no parece algo inusual, pues al
comienzo los padres habían comentado que los niños estaban muy pequeños para
ayudarles a ganar dinero.
Nadie se lamenta de una larga descendencia
cuando todos los hijos tienen buena presencia,
son hermosos y bien desarrollados;
mas si alguno resulta enclenque o silencioso
de él se burlan, lo engañan y se ve despreciado.
A veces, sin embargo, será este mocoso
el que a la familia ha de colmar de agrados.
Pinocho
Desde 1881 hasta 1883, el Diario
para los niños
publica, por entregas, la «Historia de un muñeco», firmada por Carlo Collodi.
En 1883, estas historias se reunirán en un volumen, llamado Las aventuras de
Pinocho. Tal como ocurrió con las de Perrault, la de Pinocho también estaba
inspirada en otra anterior: esta vez, una vieja leyenda toscana. Pero ahora no
sólo se pasa de la palabra a la escritura; además, se la inscribe en otra
época, pues tal vez es uno de los primeros en escribir de forma deliberada para
niños: pensando en la psicología, las costumbres, y las maneras de hablar y las
bromas que supuestamente les son propias.
Según cuenta el narrador, el carpintero Geppetto le
pide al colega Cereza un trozo de madera para fabricar un títere. Cereza
aprovecha para deshacerse de un leño parlante que lo tiene desconcertado.
Estando aún sin labrar, Pinocho insulta a Geppetto; en medio de la fabricación,
le saca la lengua, juega con su peluca... al punto que el viejo exclama: «¡No
he acabado de hacerte y ya empiezas a faltar al respeto a tu padre!» [35]; y,
una vez terminado, le patea la nariz, sale corriendo y termina haciendo recaer
sobre el anciano carpintero sospechas de maltrato infantil,
razón por la cual el carabinero se lo lleva preso.
En tres capítulos (de un total de 36), tenemos ya una
aproximación a la infancia: necesidad de adiestramiento (lo cual contrasta con Pulgarcito,
donde los niños se comportan de otra manera) y susceptibilidad de maltrato
(mientras una sospecha manda a Geppetto a la cárcel, un abandono real
de los hijos no le merece un castigo a los padres de Pulgarcito).
Luego atraviesa el bosque, sitio peligroso para los
niños de esta época (sin embargo, lugar donde en época anterior se libraba a los
niños a su suerte). Una vez en casa, el Grillo Parlante le advierte sobre la
suerte de los muchachos que desobedecen a sus padres y abandonan por capricho
la casa paterna [40]. A esto, Pinocho responde: «[...] si me quedo, me pasará
lo que pasa a todos los demás chicos; o sea, me mandarán a la escuela y, por
gusto o por fuerza, tendré que estudiar» [40]. La infancia queda definida, de
entrada, frente a la responsabilidad que puede brindarle la escuela a un niño;
por eso, Pinocho no tiene —como declara él mismo— ni pizca de ganas de estudiar
y se divierte más persiguiendo mariposas, subiéndose a los árboles y robando
nidos [40]; por eso, la escuela le da dolor en todo el cuerpo y siente ansias y
calambres cuando se la nombran [161]. Pero, justo por esas mismas
razones, no puede dejar de ser muñeco.
Geppetto regresa de la cárcel y Pinocho le promete ser
muy bueno: «Os prometo que iré a la escuela, que estudiaré y destacaré» [56].
Geppetto le rehace los pies (quemados por una torpeza del muñeco) y Pinocho le anuncia:
«Para recompensaros de cuanto habéis hecho por mí, quiero ir inmediatamente a
la escuela» [57]. Como no tiene cartilla, el viejo la compra con el producto de
la venta de su único abrigo, en pleno invierno; es decir, tenemos el sacrificio
del adulto por el niño para que estudie (en contraste con la historia de
Pulgarcito, en la que los sacrificados son los niños.).
Pinocho va hacia la escuela, pero como un niño
“descontrolado”: «fantaseaba en su cabecita mil planes y mil castillos en el
aire» [59]. De pronto, pífanos y tambores llaman su atención. «Para ir a la
escuela siempre hay tiempo» [60], se dice, y dirige sus pasos hacia la fuente
de la fanfarria; debe pedir ayuda a un niño para conocer el contenido de un
cartel y enterarse de una presentación de sus semejantes, los títeres. Para
entrar, pretende vender sus prendas al niño, pero éste ni se deja deslumbrar
—pues tiene más juicio que Pinocho [61], ya que está escolarizado (sabe leer)—,
ni le compra el libro, pues un niño juicioso nunca compra nada a los otros
niños. No obstante, un ropavejero ha oído la conversación y le compra la
cartilla.
Con su presencia, Pinocho forma un desorden en el
teatro, pues los títeres olvidan su trabajo y se ponen a interactuar con él. Es
capturado por el dueño, Comefuego, quien inicialmente piensa usarlo como leña,
pero acaba por apiadarse de él, dada la conmovedora historia de Geppetto, y le
regala 5 monedas de oro.
La zorra y el gato, experimentados timadores, codician
ese botín; en tanto pillos, le señalan a la víctima los males producidos por el
estudio (tal como, más adelante, harán sus malos compañeros de pupitre).
Los que no van a la escuela, han escogido un mal camino y por eso hablan mal de
ella. La zorra y el gato le mienten: las monedas pueden sembrarse como las
plantas y multiplicarse como los frutos. Es decir, pese a tener la solución de
sus problemas en la mano, cae otra vez víctima de su “muñequeidad”, o sea, de
la falta de escuela que le evitaría ser estafado. «No te fíes, chico, de esos
que prometen hacerte rico en un abrir y cerrar de ojos» [80], le indica la
sombra del Grillo Parlante, a quien aplastó luego de emitir sus primeros
consejos... en vano, como ahora, pues, tal como hacen todos los muchachos sin
juicio ni corazón, acabó sacudiendo la cabeza (“se alzó de hombros”, dice otra
traducción) y se fue con la zorra y el gato [104]. Luego, sorprendido de no
encontrar el árbol pletórico de monedas, un papagayo le explica el timo y
agrega una moraleja de su propia cosecha, sobre la manera de ahorrar dinero
honestamente [109].
De igual forma, cuando intenta robar un racimo de
uvas, el dueño del viñedo lo sermonea («El hambre no es una buena razón para
apropiarse de lo ajeno» [118]) y lo pone de perro guardián. Con el collar
apretándole el cuello, exclama: «¡Por desgracia me está bien empleado! He
querido ser un perezoso, un vagabundo... he querido hacer caso a los malos
compañeros, y por eso me persigue siempre la suerte. Si hubiera sido un
chiquillo de bien como tantos otros, si hubiera tenido ganas de estudiar y de
trabajar [...]» [119]. El hada tampoco se ahorra su reconvención, cuando
Pinocho no se quiere tomar un remedio, pese a haberse comido por adelantado el
dulce ofrecido como recompensa: «Los chicos deberían saber que una buena
medicina tomada a tiempo puede salvarlos de una grave enfermedad y hasta de la
muerte» [98]. Un poco más allá, el hada lo deja rabiar para que «se corrigiera
del feo vicio de decir mentiras, el vicio más feo que pueda tener un chico»
[101]. Y, más adelante, lo previene de crecer ocioso, porque, cuando esté
grande, ya no habrá remedio [142].
Y un poco más allá: «los chicos que no escuchan los consejos de quien sabe más
que ellos, siempre se encuentran con alguna desgracia» [172].
En fin, toda la obra está caracterizada, como señala
Gubern [2002:440], por una «obvia voluntad didáctica».
Pinocho la sufre desde su posición: «[...] los chicos somos unos pobres
desagraciados. ¡Todos nos chillan, todos nos reprochan, todos nos dan consejos!
Si los dejáramos, a todos se les metería en la cabeza ser nuestros padres y
nuestros maestros» [81].
Los adultos hablan como maestros y todo niño debe
estudiar en la escuela; la infancia viene adherida a ella. Aunque sea un
muñeco de madera, sus muestras de humanidad (hablar, llorar), justifican la
idea de estar obligado a ir a la escuela, pese a poseer características propias
de su otra especificidad. Su ser de muñeco parece explicar sus fracasos.
Pero el camino de Pinocho es de perfeccionamiento, tal
como el conocimiento y los valores escolares lo prometen. Él mismo se propone
como modelo para los niños: «¡Que al menos mi desgracia pueda servir de lección
a todos los chicos desobedientes y que no tienen ganas de estudiar!» [195];
además, «de chicos de buen corazón, aunque traviesos y malcriados, se puede
siempre esperar algo [...] se puede esperar que vuelvan al buen camino»
[140-141].
Ante su deseo de ser un hombre, el hada le advierte
que debe merecerlo:
«los chicos de bien tienen amor al estudio y al trabajo [...] dicen siempre la
verdad [...] van de buena gana a la escuela» [140]. Al día siguiente, Pinocho
entra a una escuela pública. Sin embargo, ello no le basta a Collodi para
terminar sus sermones e introduce otra complicación: los malos estudiantes
—molestos porque Pinocho se vuelve prolijo—
usan la debilidad de su compañero por averiguar la suerte de Geppetto y lo
conducen a nuevas aventuras, al término de las cuales vuelve a exclamar:
«¡Cuánto mejor si hubiera ido a la escuela! He querido hacer caso a mis
compañeros y ahora lo pago» [159]; «[…] soy un pillo que siempre promete
corregirse y no lo mantiene nunca» [166].
Y cuando ha mantenido su palabra durante un año y ha
sido el más sobresaliente de la escuela, el hada le promete convertirlo en niño
al día siguiente. Pero vuelve a caer: se va al País de los Juguetes, donde «no
hay escuelas, no hay maestros, no hay libros» [173]. Este, en realidad, es el
camino expedito a ser un burro: «está escrito en los decretos de la sabiduría
—le dice una marmota— que todos los niños holgazanes, cuando se aburren con los
libros, la escuela y los maestros, y pasan sus días entre juguetes, juegos y
juergas, acabarán tarde o temprano transformándose en pequeños asnos» [187]...
Y Pinocho se convierte, efectivamente en uno. Recordemos: es el calificativo propio
de quien no acertaba en la escuela, y debía usar las orejas de burro, o el
gorro con el letrero “burro”, según muestra la ilustración de nuestra Alegría
de leer:
En tanto muñeco, Pinocho posee una identidad ambigua;
es como un Adán detenido en el momento anterior al soplo que le insufló la
vida. Pero mientras el muñeco de barro no ha requerido hacer méritos para pasar
de barro a hombre, el hombrecito de madera sí.
Sin aceptar la escuela, Pinocho tampoco tiene
conciencia y no será redimido de su situación de cosa, aunque aspire a ser un
niño con infancia; se cree lleno de iniciativa (es decir, sin infancia), pero
todo lo conduce al fracaso: «en la vida de los muñecos hay siempre un pero, que lo echa todo a perder» [169].
Durante la mayor parte del libro, está cometiendo trasgresiones, a causa de una
ignorancia de la cual no tiene responsabilidad. Por eso, el Grillo Parlante es
una “conciencia moral” exterior; en esa dirección, el crecimiento de la
nariz a causa de las mentiras, así como su conversión en burro, cuando intenta
evadir toda responsabilidad, materializan el castigo ejercido por el otro,
cuando no hay un auto-control del sujeto, condición buscada justamente por la
escuela.
Pinocho parece no aceptar el papel de carente, de
necesitado de la escuela, y por eso tropieza todo el tiempo, no tiene éxito, se
ve enredado en las más absurdas situaciones. Al muñeco de madera le hace falta
algo para ser verdaderamente humano: “no tiene alma, ni entendimiento, no se
acuerda de su creador, camina sin rumbo y anda a gatas”.
Será castigado y amenazado de quedarse en su estatuto de muñeco de madera, si
no procede de manera correcta, única forma de ganar el derecho a ser inducido,
desde su materialidad de cosa a su especificidad de niño.
Así, una serie de experiencias formativas lo
volverán responsable y entonces acepta “adolecer”; se vuelve un adolescente,
es decir, un escolar —al menos de forma potencial—, pues la escuela actúa sobre
esa carencia, la cual vendrá a cuidar y a llenar. Ya no caerá en tentaciones
objetables desde el punto de vista moral, no buscará el placer fácil, no soñará
con un mundo sin libros y sin profesores. Acepta definitivamente ir a la
escuela, es decir, ser un buen hijo, un buen niño. Pinocho-muñeco da lugar a
Pinocho-niño
y deja atrás su antiguo cuerpo: los restos inanimados del muñeco yacen, al
final, en una silla. El Grillo Parlante ya no tendrá trabajo, pues Pinocho lo
“internaliza”, efecto logrado sólo en relación con la escuela.
Quienes conocen la historia por la versión de Walt
Disney —bastante distinta de la de Collodi— ignoran que el muñeco es un hombre,
pues Geppetto realizó su labor con la intención de fabricar un muñeco de madera
que bailara, hiciera esgrima y diera saltos mortales [30]. No en vano las
primeras ilustraciones lo conciben con una incipiente calvicie.
A manera de conclusión (parcial)
Los cuentos estudiados
pertenecen a momentos distintos:
-
De un lado, textos como los atribuidos a Perrault (o a
los hermanos Grimm), eran tradiciones orales y no estaban pensados para un
público infantil: niños y adultos escuchaban las mismas cosas y tenían más o
menos las mismas lecturas.
Hoy, el uso de tales textos como si fueran para niños, en el ámbito de
la literatura llamada “infantil”, contribuye a creer en la eternidad de la
infancia.
-
De otro lado, Las aventuras de Pinocho se
conciben en otra condición: cuando se afirma que Collodi empezó a escribir
pensando en la psicología de los niños, es porque antes de ese momento no
tenían una “psicología” distintiva, más allá de la que les correspondía por ser
adultos pequeños... Y si el autor italiano comenzó a escribir teniendo en
cuenta las costumbres y la manera de hablar de ellos, es porque antes sus
costumbres y maneras de hablar se pensaban en función de aquellas que estaban
en pos de aprender... Y si Collodi empezó a escribir pensando en sus bromas, es
porque antes sus “escatologías” no habían sido consideradas como algo que les
diera especificidad.
Si Collodi fue uno de los primeros en escribir de
forma consciente para niños, se supone una época anterior sin literatura
infantil, en tanto no había infancia. Es decir, se reconoce ese momento
histórico como constituido ya por un ámbito para la infancia; ámbito
explorable, por ejemplo, mediante una literatura que comience a serle propia.
De tal manera, Pulgarcito y Las aventuras de
Pinocho parecen materializar, respectivamente, el antes y el después de la
infancia y de la escuela (no en vano, entre Perrault y Collodi hay dos siglos:
del XVII al XIX):
-
En la historia de Pulgarcito, no hay infancia, ni desde
la perspectiva de los grandes, ni desde la de los pequeños. En términos de
Piaget [1969:193], los niños tendrían una estructura mental idéntica a la del
adulto, aunque funcionalmente fueran diferentes. Los niños no son iguales a los
adultos, por supuesto, pero tampoco habitan un período especial de
adolescencia, susceptible de ser llenada gracias al concurso de la escuela. Eso
permite desplegar ciertas prácticas sociales que, vistas desde hoy, nos parecen
anti-naturales. La escuela, vale la pena subrayarlo, no aparece en el cuento.
-
La historia de Pinocho, en cambio, se escribe en el
marco del propósito de educar esa etapa de la vida. Ya no se trata
solamente de distraer, propósito seguramente pertinente en otra época. El autor
italiano trabaja no sólo en condiciones de existencia de la infancia
(reproducida también con ayuda de la “literatura infantil” que él ayuda a
crear), sino de una infancia unida a la idea de educar, de formar en la
escuela. Cuando finalmente Pinocho acepta la falta, cuando internaliza la
conciencia, es ascendido a ser humano y se somete a llenar dicha falta gracias
a los buenos oficios de la institución escolar. Es cuando ya la moral va por
dentro y, entonces, desaparece la función del grillo y el hada se vuelve madre.
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